Iniciación a la Zapatilla


Lo que sigue es un relato conseguido en la red

Mi memoria no alcanza más allá de los cuatro o cinco primeros años de mi vida, pero por lo que he podido ver en el caso de mi hemano, los azotes han formado parte de mi educación en casa dsde que tenía uno o dos años. Probablemente a tan tierna edad mi madre se limitaría a darme un par o tres de azotes en el culo, con el pañal o el pantalón puestos y más como advertencia que como castigo. Pero a partir de los tres o cuatro años ya supe lo que era una azotaina, aunque solo se tratara al principio de una docena de azotes con la mano; eso sí, ya con el culo al aire y sobre las piernas de mi madre.
Esto sería así hasta los cinco años, pues a partir de esa edad mi madre empezó a castigarme a base de severas y prolongadas zurras de zapatillazos, tal y como hacía con mi hermana mayor. Os contaré lo que ocurrió.
Era un caluroso anochecer de verano y tanto mi madre como mi hermana y yo andábamos por casa bastante ligeros de ropa. Mi madre llevaba un corto camisón que apenas le cubría los turgentes y ebúrneos muslos, bajo la fina tela azul se marcaban con voluptuosidad unos pechos pequeños pero firmes y unas bragas que más que cubrir remarcaban sus prominentes nalgas; aún no había cumplido los 40 y estaba maciza pero no gorda. Mi hermana andaría por los nueve o diez años, y llevaba puesta tan solo una camisa rosa bajo la cual mostraba las blancas braguita a la mínima que se agachaba. Yo llevaba puesto mi pijama de verano, de fina tela y manga y pantalón cortos, sin calzoncilos.
El colegio había terminado hacía dias y yo pasaba mucho tiempo en casa, con mi madre y hermana, practicando el noble deporte de chinchar a mi hermana, cosa que sacaba de quicio a mi madre. Ésta, harta de nuestras peleas, ya nos había amenazado en varias ocasiones con calentarnos el culo, pero no hicimos caso y acabamos por romper un jarrón especialmente valioso para mi madre, que al oir el estrépito acudió enseguida al comedor. Cuando vió el estropicio nos soltó una larga retahila de improperios, y al final acabó pronunciando la temible sentencia:
-Esta vez os la habeís ganado de verdad, os voy a dar tal paliza que vais a estar una semana sin poder sentaros.
Acto seguido agarró a mi hermana del brazo y la arrastró hasta la silla más cercana, allí se sentó y la hizo bascular hasta caer sobre su regazo. Yo no sabía si largarme corriendo, aunque no tenía dónde esconderme, y por si acaso mi madre me advirtió:
-Y tú quédate aquí cerca, que cuando acabe con tu hermana te daré tu merecido.
Dicho esto se quitó la zapatilla y empezó a sacudir el culo de mi pobre hermana aún cubierto por las braguitas, alcanzando algunos zapatillazos la parte superior de sus muslos, que enseguida se tiñeron de rojo. Mi hermana lloraba e intentaba escapar, pero estaba bien sujeta. Al cabo de 15 o 20 azotes mamá paró un momento la azotaina para proceder a bajarle las braguitas, dejandóselas justo donde empezaban los muslos. Mi hermana incrementó sus lloros y protestó:
-¡No mamá, por favor!¡Con el culo al aire no!¡No lo haré más, te lo prometo!
Pero cuando mi madre decidía darnos un buen escarmiento nada ni nadie podía impedírselo, y enseguida reanudó la tunda, alternando una nalga y luego la otra, azotando sin prisas pero sin pausas. Hasta cincuenta zapatillazos llegué a contar, y los diez últimos -especialmente fuertes- se los propinó con el talón de la zapatilla, más grueso y recio que la suela, logrando que mi hermana aullara como un cerdo degollado.
Cuando dio por finalizado el correctivo y liberó a mi hermana, ésta se dejó caer al suelo, en donde permaneció algunos segundos llorando aún a moco tendido y frotándose vigrosamente las posaderas, más rojas que una amapola.
En cuanto hubo recuperado el aliento, mi madre la mandó ponerse cara a la pared, con las manos en la cabeza, y acto seguido se dirigió a mí con aquella voz firme y autoritaria que no admitía réplica:
-Muy bien, jovencito, es tu turno. Ahora vas a saber lo que les pasa a los niños que no saben comportarse. Ven acá enseguida.
-No mamá-protesté-. Me portaré bien, pero no me pegues.
-Demasiado tarde, necesitas un buen escarmiento y te lo voy a dar. Tienes exactamente cinco segundos para venir y tumbarte sobre mis rodillas. Uno, dos, tres...
Antes de que dijera cuatro ya estaba sobre su regazo, resignado a llevarme mi merecido con la mayor dignidad posible, aunque las lágrimas ya asomaban por mis ojos. En cuanto me tuvo donde ella quería, me bajó el pantaloncito del pijama hasta medio muslo, recogió la zapatilla que había dejado caer al suelo al terminar con mi hermana y empezó a sacudirme de lo lindo, primero una nalga, luego la otra, a veces atizándome una salva rápida sin cambiar de lado, otras veces llegando hasta los muslos y haciéndome brincar de dolor. ¡Cómo escocía la zapatilla de marras! Yo ya me había llevado un par de azotainas severas, pero sólo con la mano, pero es que ahora tenía el culo ardiendo. No conté los azotes, bastante tenía con no berrear como un loco, pero calculo que me cayeron más o menos el mismo número que a mi hermana en el par de interminables minutos que duró la azotaina. Conmigo también remató la faena con los consabidos diez azotes propinados con la parte del tacón, que me hicieron ver todas las estrellas del firmamento. Llorando tuve que colocarme también de cara a la pared, al igual que mi hermana, y mamá nos advirtió muy seriamente:
-Os quedareís así hasta que yo lo diga, y al que se mueva le mondo el culo a zapatillazos.
Estando en tan vergonzosa y humillante posición llegó mi padre a casa y se encontró con el cuadro, le dió un beso a mi madre y le dijo:
-Veo que estos dos han vuelto a hacer de las suyas.
-Pues sí, y esta vez han roto el jarrón chino, pero te aseguro que esta vez se han llevado un buen escarmiento.
Por suerte, para mi padre el jarrón no tenía el mismo valor que para mi madre, y además venía cansado del trabajo, que si no hubiéramos cobrado por partida doble. En vez de sacudirnos unos correazos (cosa que haría en alguna otra ocasión), se limitó a mandarnos a la cama sin cenar, no sin antes estamparnos un par de manotazos en el culo desnudo a mi hermana y a mí.
-¡Venga! A la cama sin cenar, y que no oiga ni una mosca porque si he de venir lo haré con el cinturón.
Llorosos y cabizbajos nos dirigimos a la habitación sin rechistar y nos acostamos, durmiéndonos calentitos pero sin demasiados problemas. Y, aunque el recuerdo de la zapatilla (o el gesto de mi madre amenazándome con ella) me mantuvieron bastante modosito un tiempo, no pasó ni un mes antes de que volviera a zurrarme la badana, y desde aquel momento la zapatilla fue el instrumento de disciplina preferido de mi madre, aunque en alguna ocasión usara algún otro que tuviera más a mano. Pero de todo esto ya os hablaré más adelante.