Familia: Madre e hijo

Por falsificar una firma.  "Enviado por Guillermo (Argentina)"
Cuando yo tenía quince años, estudiaba Bachillerato en un colegio donde había unas normas y un control bastante estricto. Todos los alumnos teníamos que llevar un diario que servía de correspondencia entre los profesores y las familias en el que se anotaban además de los deberes cotidianos todas las incidencias sobre el rendimiento y comportamiento del alumno en la clase y los padres tenían que firmarlo diariamente.
Un día yo no hice ninguno de los deberes de ninguna asignatura. Todos los profesores me pusieron la correspondiente observación en el diario. Esto, añadido a la mala conducta que había venido demostrando últimamente y que también quedó reflejada en el diario, provocó que aquel día yo no se lo enseñara a mi madre y falsificara la firma. El problema es que el profesor tutor llamó por teléfono a casa y la puso al corriente de lo ocurrido. Como consecuencia de lo que había hecho, me expulsaron durante una semana.
Esa misma tarde de viernes, nunca se me olvidará, nada más entrar mi madre me preguntó por el diario. Yo no sabía qué hacer, pero tuve que entregárselo, lo leyó y ,señalando la firma falsificada, me dijo:
- ¿Te parece bonito?
Yo me quedé mudo. Sin más me llevó a mi habitación, se sentó sobre el borde de la cama, me desabrochó el cinturón, me bajó la cremallera, me bajó los pantalones, me bajó los calzoncillos hasta los tobillos y, mirándome cara a cara desnudo de cintura para abajo, me dijo:
- Prepárate. Ya verás cómo te voy a poner el culo. 
Después me tumbó boca abajo sobre sus rodillas, me quitó los zapatos,luego los pantalones y luego los calzoncillos, levantándome bien el jersey para dejarme todo el pompi al aire y bien a la vista, colocándomelo a su gusto para proceder a darme la azotaina. Yo, ante la vergüenza de la desnudez de mi trasero como de mis partes delanteras, que también se me veían y ante el hecho de imaginar, lo que me esperaba,pude notar el color rojo de mi cara, aunque no tan rojo ni mucho menos como tendría el culo dentro de unos instantes. Se quitó la zapatilla y comezó a propinarme unos buenos azotes. Después de un largo rato recibiendo unos buenos zapatillazos, el culo me ardía, me escocía y me dolía. Paró un momento para inclinar mi cuerpo un poco más hacia adelante y colocarme el pompis más hacia arriba, más en pompa con el fin de tenerlo más a la vista y poder pegarme mejor y aún más fuerte. Yo, como veía que la azotaina proseguía y ante el dolor que sentía en mi trasero y el que aún me quedaría probablemente por sentir, empecé a morder la manga del jersey para poder resistir mejor la dura de los azotes que me estaban dando. La zapatilla resonaba como si me estuviese rompiendo el culo en mil pedazos y esa impresión tenía yo también cuando se me clavaba en el pompis a cada azote que recibía. Me daba una tanda diez o doce azotes en cada lado y luego en el centro, abriéndome bien la raja para que pudiese sentir también allí el castigo. Se me hacía interminable y empezó a dolerme tanto que ya empezaron a saltárseme las lágrimas. Después de otro largo rato paró, me levantó y me mandó ponerme de cara a la pared, diciéndome:
- Te he dado doscientos azotes con la zapatilla, pero no he terminado todavía. Lo que has hecho no tiene nombre. Son muchas faltas gordas cometidas a la vez: no hacer los deberes de matemáticas, ni de historia, ni de lengua, ni de inglés (cuatro faltas graves ya), mal comportamiento en clase y la más grave de todas: falsificar la firma. Ponerte el culo como un tomate es poco. Te lo voy a dejar además bien señalado y en condiciones de que te acuerdes para toda la vida de la azotaina que te voy a dar hoy. Te aseguro que no te vas a poder sentar en una buena temporada y vas a estar sin poder ponerte el calzoncillo en unos cuantos días.
Dicho esto y después de unos minutos, cogió el cinto duro y ancho que utilizaba conmigo con frecuencia, colocó dos almohadas una encima de otra sobre la cama y me dijo:
- Ponte sobre los almohadones con el culo en pompa. Ya sabes cómo tienes que hacerlo. Vete preparando.
Yo casi no me atrevía a rechistar, pero aún así llevándome la mano a mi dolorido trasero desnudo y ardiente dije:
- Mamá, me duele mucho.
- Y más que te va a doler. Quítate también el jersey y prepara el culo para otros doscientos azotes y esta vez con el cinto.
Sentía pavor hacia lo que me esperaba y enrojecí de nuevo, pero tuve que obedecer. Me incliné sobre la cama, me coloqué sobre los almohadones y así, con el culo bien en pompa y completamente al aire, en la posición idónea empecé a recibir los terribles azotazos que empezó a darme con el cinto. Éste era tan duro que se me clavaba decidamente en el pompis, haciéndome el daño y las señales correspondientes y era lo suficientemente ancho como para dejarme todo el culo bien marcado en cuatro azotes dados de arriba a abajo. Aquello se me hacía irresistible. Mordía la manta para no chillar, pero aún así a veces se me escapaba algún gemido y lloraba a moco tendido. El pompis me dolía, me escocía y me ardía cada vez más. Cada vez que sentía un nuevo azote sobre él era como un fuerte latigazo lleno de furia, picor, escozor y  fuego. Después de unos cuantos azotes, volvió a colocarme el culo sobre los almohadones para ponérmelo de nuevo en la posición más idónea para azotarme en él con el cinto y me lo hizo levantar un poco más, lo que aumentó considerablemente el efecto de los azotes, dejándomelo castigado a tope. Cuando había terminado de contar los doscientos azotes, me ayudó a levantarme porque yo casi no podía, pues sentía como si el culo se me fuera a partir en mil pedazos. Así, con todo el culo al aire, más colorado que un tomate, hinchado y señalado a tope, y completamente desnudo me volvió a colocar de pie de cara a la pared, esperando la que iba a ser mi tercera tanda,  tal y como ella misma me anunció.
Pasados unos cuantos minutos, se sentó de nuevo sobre el borde de la cama, me tumbó otra vez boca abajo sobre sus rodillas y con todo el pompis a la vista me dio los doscientos últimos azotes que, esta vez con la mano, pero bien fuertes y, dados sobre mi trasero ya dolorido, más que castigado y hecho una pena, me hicieron dar algún que otro gemido. Al terminar la azotaina, me levanté a duras penas con las dos manos puestas detrás y llorando como una magdalena. Tenía los ojos llenos de lágrimas y éstas se deslizaban por toda la cara hasta la comisura de los labios y la barbilla. Mi madre aún me regañaba ante el dolor y la vergüenza que me producía el hecho de verme y de que me viera en esas condiciones: completamente desnudo por delante y por detrás y con el culo íntegramente al rojo vivo, hinchado como un gran globo colorado a punto de estallar y cubierto totalmente de líneas violáceas y de señales del cinto, de la mano y de la zapatilla. Cuando abrió la puerta del armario para que me lo viera en el espejo, mi vergüenza aumentó aún más y empecé a comprender las consecuencias de mis actos y, al marcharse de la habitación, me tumbé boca abajo sobre la cama llorando desesperadamente.
   Durante la semana siguiente, en la que estuve expulsado sin ir al colegio, mi madre me dio diariamente dos azotainas para que recordara bien lo que había hecho. La primera me la daba por la mañana en el cuarto de baño al salir de la ducha, tumbado sobre sus rodillas y con el cepillo de baño o la zapatilla. La segunda, por la noche, en el dormitorio antes de ir a la cama con el cinto. Siempre lo hacía con el culo al aire como era costumbre y en cada sesión me
daba doscientos azotes, que unidos a los que se iban acumulando ya me ponían a tono. La verdad es que en aquella ocasión me dejó el culo casi en carne viva.  Por supuesto que durante esta semana no me curó ni una sola vez. Solamente pasados estos siete días y acabadas las azotainas, empezó a curarme el pompis como lo hacía en otras ocasiones: tres veces al día me ponía con el culo al aire sobre sus piernas o sobre la cama y me lo curaba primero con alcohol, aunque viera las estrellas y después con una pomada que me aliviaba bastante. Estas curas duraron mucho tiempo. Después de la semana de expulsión, no volví al colegio hasta el siguiente trimestre, pues inmediatamente después llegaron las vacaciones de Navidad. Durante todas estas vacaciones no salí de casa porque estaba castigado y además no podía prácticamente sentarme ni ponerme tan siquiera los calzoncillos sin que sufriera seriamente al hacerlo. Me molestaba tener que andar por casa sin ellos y que mi madre me viera con todo el culo al aire, bien colorado, bien señalado, bien dolorido y bien castigado, pero tuve que reconocer que tenía razón cuando me advirtió al darme la azotaina de que iba a estar sin poder sentarme y ponerme los calzoncillos durante una buena temporada.
Las Navidades pasaron y yo tuve mis regalos de Reyes. Ya había tenido bastante con los azotes y no salir a la calle. El castigo fue muy duro, pero lo que hice fue también muy grave, y desde luego no volví a repetirlo. Aprendí bien la lección y no la he olvidado todavía, ni la lección ni el castigo que sufrí para aprenderla.

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