Mis palizas

"A mí, de niña, sí me dieron mis buenas nalguizas. ¡Nombre! ¿Qué digo? La verdad es que fueron unas nalguizas tremendas, horribles. Mis papás, los dos, eran buenos para eso de las nalgueadas: mi papá acostumbraba dármelas con su cinturón; y me daba duro ¿eh? Bueno, tanto, que se puede decir que me cocía las nalgas a cuerazo limpio. Y mi mamá me las ponía verdes a puro reglazo, con una regla de metal. ¡Auch! Eran zurras dolorosísimas, sentía un ardor insoportable cada vez que me sacudían ya fuera un cuerazo o un reglazo y, obviamente, no eran uno o dos o tres... eran decenas de nalgadas, decenas de golpazos que dejaban mis pobres nalguitas latiendo más fuerte que el corazón.
Como se imaginarán yo berreaba a todo lo que daba pero no había caso, ellos eran implacables. Una vez decretado que era merecedora de unas “buenas nalgadas” (así decían ellos) ya no había pa' atrás. Yo quería que me tragara la tierra, quería irme a donde nunca más me encontraran ni tuviera que pasar por esos tremendos castigos, pero -ya les digo- ni al caso, una vez dictada sentencia, mis nalgas sufrirían las consecuencias de mis actos u omisiones.


Todo empezaba con alguna falta: desobediencia, “olvido” u otra acción (u omisión) que mis papás consideraran injustificable... y casi todas lo eran, así es que me llevé más de 150 de esas nalguizas durante los 6 años que duraron mis castigos: desde los 5 años hasta los 11. Pero, les decía, empezaba con alguna falta y me llamaban al “cuarto” que era una especie de estudio que habían adaptado para que ahí estudiara y sufriera mis castigos. Yo iba llorando ya desde que entraba al cuarto pues sólo me llamaban a él cuando me iban a surtir. Una vez ahí mi papá o mi mamá, quien fuera a ejecutarme, se quedaba ahí conmigo mientras el otro se salía.

Ya solita con el verdugo todo era cosa de contestar algunas preguntas y confesar para inmediatamente después ¡a lo que te truje Chencha! Sin más trámite, mi papá o mi mamá me quitaban el vestido (si lo llevaba, si no, el pantalón). Con su mano izquierda me agarraba del antebrazo izquierdo y -si era mi papá- se desabrochaba el cinturón con la mano derecha; si era mi mamá, me llevaba arrastrando hasta el cajón de un escritorio en donde tenía la regla de metal. Entonces, el que fuera, me bajaba los calzones y comenzaba la chinga.


¡Ay Diosito! ¡Cómo me ardían los chingazos! Ardían pero en serio: ardían. Yo nomás brincoteaba tratando de evitarlos pero ¡ja! Mis jefes eran expertos en cuerear y reglear nalgas de escuincla desobediente. Así es que trataba de sentarme para que ya no me tocaran más, pero ¿cuándo iba a poder con la fuerza de mis papás? Nomás me jalaban del brazo y me decían: DERECHITA QUE TODAVÍA NO ACABO CONTIGO... y me volvían a parar para seguirme zumbando. Yo, de tanto retorcerme, hasta los calzones perdía en el trámite y luego tenía que buscarlos para volver a ponérmelos.

¡Ay, Dios mío! Lo que duraban esas palizas era infinito, mucho, mucho tiempo, a veces más de 40 minutos y eran una cantidad incontable de cinturonazos o reglazos los que caían sobre mí. Mi angustia iba creciendo conforme se desarrollaba la tunda; sentía que nunca iban a terminar de darme, y mis nalgas las sentía hinchadas y como si estuvieran rotas. Muchísimas veces llegué a creer que me habían sacado sangre, pero no, nunca, gracias a Dios, nunca. Lo único eran unos verdugones enormes, hinchados y rojos, rojos como jitomates maduros y con los bordes color morado. Estas ronchotas que me levantaban también dolían muchísimo y por varios días; dolían tanto que no podía sentarme bien, ni caminar bien porque sentía como si la piel se me fuera a abrir, la sentía restirada, como reseca y me ardía mucho."


Relato enviado por Pulgas

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